Una gran bendición en Navidad
La Navidad es una época maravillosa y mágica del año. Su asombro y maravilla cautivan los corazones de jóvenes y mayores por igual. Es un tiempo para recordar que nuestro Señor dejó la gloria del cielo y entró en el mundo como un pequeño bebé nacido en el humilde pesebre de Belén.
Tal es el sentimiento de Juan 1:14: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». Jesús fue la Palabra viviente que cambió el curso de la historia aquella primera Navidad. Él es la buena palabra que quiero animarlos a compartir en nuestras conversaciones cuando nos reunimos con nuestros hijos y nietos en las celebraciones navideñas. El poder de las palabras no debe subestimarse, pues pueden usarse tanto para bien como para mal. Santiago 3:9-10a enseña: «Con ella alabamos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres que han sido creados a imagen de Dios. De la misma boca salen la alabanza y la maldición».
Quiero invitarlos a reflexionar sobre cómo pueden brindarles a sus familiares palabras positivas esta Navidad. Quiero desafiarlos a liberar el poder de una bendición verbal. ¿Qué es una bendición? Bendecir significa literalmente «hablar bien de otro; ser dotado de favor o protección divina». La etimología de la palabra es esclarecedora. La raíz latina nos da bendición (hablar bien de), la griega significa elogiar, y la hebrea significa arrodillarse en adoración. Es Navidad y, como los pastores y los Reyes Magos, arrodillémonos una vez más en adoración a la Palabra divina nacida en Belén. Dios es la fuente de todas nuestras bendiciones, quien al comienzo de la historia humana bendijo a la primera familia y dijo: «…Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla. Dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo animal que se arrastra sobre la tierra» (Génesis 1:28). En el bautismo de Cristo, el Padre dijo: «…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». (Mateo 3:17) Dios Padre estableció un precedente y nos dio un poderoso ejemplo de cómo bendecir a los demás.
Debemos distinguir entre una bendición hablada y las oraciones que elevamos a Dios por nuestra familia. La oración es vertical cuando miramos a Dios y le pedimos sus bendiciones. Una bendición hablada es horizontal, pues nos dirigimos a otros en nombre de Dios. Se fundamenta en el carácter divino. Al hablar de Dios a otros, debo hacerlo de una manera piadosa. Esto me impulsa a ser auténtico.
¿Cómo debe ser una bendición hablada? Cavin Harper menciona tres ingredientes importantes que deben estar presentes en una bendición significativa y bien pronunciada en su libro " Courageous Grandparenting" (Grandeza valiente).
Primero, debes reafirmar su gran valor. Hazle saber a tu nieto que es especial e identifica una cualidad específica y cómo la valoras. Ayúdalo a comprender que es un ser querido, creado a imagen de Dios. Su valor no se basa en su desempeño.
Segundo, imagina un futuro especial de éxito y realización basado en los propósitos de Dios para sus vidas. Di algo como: «Creo en ti; Dios cree en ti; tienes valor y propósito; eres amado».
En tercer lugar, comprométete a mantener un compromiso activo y constante. Este compromiso va más allá de las palabras. Es una demostración de tu determinación por mantenerte conectado y ser un refugio para ellos en momentos de necesidad.
Las bendiciones verbales no garantizan que todo vaya a salir como esperamos. Pero son un acto de fe en Dios que expresa nuestra confianza en la gracia divina que ha bendecido nuestras vidas y la creencia de que Dios hará lo mismo por nuestros nietos.
Así que, acepta nuestro reto de compartir la buena palabra esta Navidad, compartiendo una bendición con tus hijos, nietos, padres o con alguien que haya sido un mentor espiritual y un ejemplo a seguir en tu vida. Y, por favor, anímanos compartiendo tu historia de bendición en la sección de comentarios.